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El 19 de enero de 1512, Diego de Sagredo,
procedente de Burgos, era aceptado como alumno
en la Universidad de Alcalá de Henares
gracias a una cédula enviada por el fundador
de la institución, Francisco Jiménez
de Cisneros. Es la primera noticia que se tiene
de Sagredo, autor del primer libro sobre arquitectura
escrito en lengua romance en la Europa renacentista.
De un nivel económico probablemente alto,
Diego de Sagredo se instaló en la universidad
con ciertos privilegios en cuanto a su alojamiento
y pudo asistir a las clases de los grandes maestros
de entonces, entre los cuales se contaban Lebrija
o Tomás Insausti, entre otros. Después,
Sagredo fue nombrado capellán del cardenal
Cisneros y siguió a éste en sus
muchos viajes por Castilla: Es muy probable que
acompañase y atendiese espiritualmente
(pues era su confesor) al insigne regente en el
trance de la muerte, acaecida en Roa (Burgos)
el 9 de noviembre de 1517.
Sabemos, siguiendo a García Mercadal que
Cisneros parte de Madrid con dirección
a Aranda de Duero en agosto de 1517 (acompañado,
entre otros, por el infante D. Fernando, por el
Consejo y por un importante séquito cortesano
entre el que se encontraba también Diego
de Sagredo. Después de detenerse en su
pueblo natal (Torrelaguna) el cardenal recaló
en Boceguillas el 12 de agosto, donde se sintió
muy enfermo y comenzó a fluirle pus por
uñas y oídos.
Se alojaba el regente en una de las casas principales
de esta humilde villa segoviana (célebre
por ser encrucijada y obligada parada y fonda
en el Real Camino entre Castilla y Francia) cuando
(siguiendo el relato de Mercadal) “A poco
llegaba, con dos religiosos de su Orden, el Provincial
de Castilla de los franciscanos, P. Juan de Marquina,
diciendo que, al atravesar el puerta de Somosierra,
habíanse cruzado en el camino con un caballero
que ocultaba su rostro, quién les aconsejó,
si iban en busca del cardenal, se dieran prisa,
por impedir probase una gran trucha que pensaban
servirle, pues estaba envenenada. Caso de que
ya la hubiera comido, dirían a Cisneros,
si le encontraban con vida, se pusiera a bien
con Dios, por no haber antídoto capaz de
contrarrestar los efectos del tósigo”.
Parece ser que durante el verano de 1517 Cisneros
hubo de tomar precauciones, poniendo especial
cuidado en la vigilancia de su comida y de cuanto
pudiese poner en peligro su persona. Muchos biógrafos
se hacen eco de posibles conspiraciones flamencas
y de la malignidad de los extranjeros; parece
ser que el propio Cardenal confío a sus
acompañantes en Boceguillas que padecía
extrema debilidad desde el día que recibiese
en Madrid un carta procedente de Flandes, indudablemente
portadora de ponzoña. En todo caso, lo
cierto es que Cisneros murió al poco tiempo.
Si fue de una forma u otra, no se sabe con certeza,
y ya es parte de la leyenda. La casa de la villa
de Boceguillas en la que se alojaron es hoy propiedad
de la Fundación Diego de Sagredo, que está
construyendo en ella un centro cultural en homenaje
al insigne tratadista.
Tras la muerte del cardenal, decidió Sagredo
instalarse en Toledo, donde unos pocos años
después los documentos nos lo presentan
trabajando en las obras de la Ciudad Imperial.
Es muy posible que en el lapso de tiempo durante
el que los documentos dejan de arrojar luz sobre
su vida (entre 1518 y 1522) Sagredo realizara
el viaje a Italia que tanto influiría en
su célebre obra, elaborada un tiempo después,
y en el curso del cual pudo conocer Génova,
Florencia y Roma. Sagredo estuvo interesado sobre
todo en los vestigios del pasado clásico
y no tanto, por lo que parece, en las obras de
sus contemporáneos.
Diego de Sagredo trabajó en Toledo al servicio
de la catedral hasta que en 1528 (como fecha más
probable) murió prematuramente, seguramente
a consecuencia de la epidemia de peste que asaltó
Toledo en 1527. No se sabe demasiado de su vida,
ni tampoco de su obra profesional, y apenas algunas
cosas sobre los cargos que ocupó (además
de los mencionados, por ejemplo, fue capellán
de Juana la Loca).
Sabemos que Sagredo trabajó a menudo en
Toledo en obras temporales dedicadas a las procesiones
y celebraciones (Semana Santa, fiestas del Corpus
Christi, y también eventos como las llegadas
reales y conmemoraciones); esta actividad, más
ligada al diseño que a la construcción,
y dependiente sobre todo de la inspiración
visual y el uso correcto de la decoración
clásica, permite deducir que los grabados
que adornan su libro son igualmente obra suya,
a pesar de que este punto sea motivo de controversia.
En efecto, Sagredo dejó escrito un tratado,
Medidas del romano, que no sólo es uno
de los grandes tratados del Renacimiento sino
que es enormemente precursor en lo que respecta
a la situación de la teoría arquitectónica
de la propia península ibérica.
Parece que Sagredo contaba con numerosos y buenos
amigos entre los artistas de su época (algunos
de ellos aparecen precisamente en las páginas
de su tratado), artistas en general más
ligados al mundo decorativo que al propiamente
arquitectónico; entre ellos estaban el
pintor León Picardo, , un artista de Picardía
influido por el estilo de los pintores flamencos,
el rejero Cristóbal de Andino, que trabajó
en diversas iglesias y en la catedral de Palencia,
el escultor Felipe de Borgoña, que evolucionó
eficazmente hacia un clasicismo más depurado,
etcétera.
Sagredo tuvo también contactos en las más
altas instancias, por lo que puede suponerse que
sería un hombre de trato fiel y capacidad
para la organización. El cardenal Cisneros,
el arzobispo Fonseca, el obispo Rodríguez
de Fonseca y la propia reina, como se ha visto,
contaron en algún momento con los servicios
del tratadista.
Todos estos personajes más o menos cercanos
a Diego de Sagredo forman parte de una sociedad
de transición en la que el apego a las
costumbres y formas medievales se va difuminando
lentamente pero no es desestimado de una manera
explícita. Así como Cisneros o Fonseca
eran al mismo tiempo impulsores de un estilo personal
y favorables a la línea tardogótica,
Sagredo es un hombre fascinado sin duda por las
posibilidades abiertas por el Renacimiento en
Italia, pero nunca se dejará llevar hasta
el punto de iniciar una reconsideración
de los fundamentos en que se basaba la tradición
del país en el que vivía y trabajaba;
a diferencia de sus colegas emigrantes y de muchos
otros arquitectos itinerantes de la época,
Sagredo no se aleja por mucho tiempo del centro
de decisión que representa Toledo.
Pero ello no le resta singularidad: pesar de lo
incompleto de sus conocimientos, Sagredo quiso
ser un hombre “moderno”, en el sentido
de “informado acerca de las nuevas teorías”,
e intentó desligarse al menos en el plano
teórico de la herencia tardogótica
y la visión medieval del mundo, acercando
la tradición arquitectónica al sentir
del humanismo italiano.
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